¿TIERRA DE NADIE?
Por José Mancilla
La libertad de la que han hablado grandes filósofos de antaño y también pensadores actuales, adviene en la actualidad a funcionar si es que existen normas para aquello. A medida que nuestro país avanza, también crece el conjunto de leyes o disposiciones para la buena convivencia. Pareciera que sólo recibiendo órdenes o sabiendo donde están los límites podemos funcionar. Lo digo porque la ética, entendida como disciplina del comportamiento social no basta para cuando en nuestra sociedad y donde nadie nos observa, searticulan decisiones que influyen sobre los demás en cuanto a que el dominio de las pertenencias es propiedad colectiva.
Hace unos días y en visita a las Cavernas de Mármol, descubro que aquel paraje hermoso de nuestra región, en que la piedra marmolada más los efectos del agua y el viento construyen para nosotros hermosas esculturas que se ya quisiera exhibir algún artista o artesano de estos materiales. Hasta aquí todo es bello. Sin embargo, el incesante movimiento de botes a motor, claramente, están generando deterioros en este monumento natural, pues al ingresar por los angostos túneles, los botes rozan fuertemente las paredes y dejan ahí sus huellas de pintura o simplemente se rompen las paredes al contacto con las embarcaciones en movimiento. Por otro lado, quedan las manchas de aceite y combustible, palideciendo notoriamente las aguas azules de aquel Gran Lago. ¿No será tiempo de normar aquello o dejaremos que aquellas bellezas dejen de serlo en las próximas décadas? Alguien debería tomar cartas en el asunto, empezando por el Municipio respectivo y junto con ello la autoridad policial.
Asimismo, en visita al Paredón de las Manos, ubicado en Cerro Castillo, me encontré con que existe una persona que hace de Guía para hacer el recorrido por ese sitio, significa que ahora hay que pagar para acceder al lugar. Tengo la impresión que esta pequeña empresa es de un particular y lo que se administra es un bien público. Toda está bien, siempre y cuando, esos dineros que dejan los visitantes sirva en parte para efectivamente preservar el lugar y no para verlo en las mismas condiciones como hace tiempo cuando nadie resguardaba este espacio. Invertir significa preveer que las paredes no se deterioren con el agua o que las respectivas murallas donde hay pinturas rupestres sean resguardadas con vitrinas de vidrio o plástico transparente y durable. Y finalmente, quien, sea el guía o informante debe conocer a cabalidad la cultura de la que está hablando y no sólo prohibir el uso de flash en un recinto abierto, donde es más dañina la exposición permanente que tiene el murallón al viento, al agua o al sol. Es evidente que este hecho particular, requiere de una política de protección sobre todos los sitios de pintura rupestre que existen en toda la región, pero con sentido de conservación y educación para las futuras generaciones.
En otro plano, nos encontramos con que algunos de los ríos, cercanos a Coyhaique, han cambiado sus afluentes, producto de la extracción de ripio y arena, especialmente en el caso del Río Claro que hoy panorámicamente se ve como un conjunto desordenado de montículos y donde el agua pugna por fluir hacia algún punto. Quien explota estos espacios de ríos, debiera cumplir al menos con dejar el lugar en parecidas condiciones a cómo lo encontró, sin ello la responsabilidad social se convierte en una conducta irresponsable y aparecen nuevos actores, que creen que pueden intervenir sin considerar que determinados bienes son todavía pertenecientes al Estado o de todos nosotros.
Tambiénen la ciudad de Coyhaique, advertimos de tiempo en tiempo, la desaparición de construcciones que constituyen la memoria de Aisén. Propiedades que en muchas ocasiones pertenecen a particulares y que no revisten interés en cuanto a su conservación. Pero hay espacios públicos que igualmente desaparecen o están vías de desaparecer. Se requiere entonces una protección patrimonial que esté cerca de la gente y de los territorios y tal vez ciertos incentivos para que propietarios privados colaboren en la mantención de determinadas edificaciones. En este sentido, también los municipios debieran plantear un plan de ordenamiento urbano que regule la construcción, demolición o habilitación de espacios públicos con sentido patrimonial.
De esta manera, podemos valorar mejor nuestro riqueza cultural y natural, para dejar de pensar que a veces nos encontramos en tierra de nadie y que la arbitrariedad impera por sobre las regulaciones necesarias.